
No solo son vías.
No solo son estaciones.
Miles de objetos fueron recuperados durante la construcción del Tren Maya, y ahora están siendo analizados en un laboratorio del INAH en el Museo de la Cultura Maya, en Chetumal.
Y lo que están encontrando es brutal.
Desde estucos prehispánicos hasta monedas del Porfiriato.
Desde aislantes de telégrafo del siglo XIX hasta juguetes del siglo XX.
Pero lo más curioso:
Dos frascos ámbar fabricados en Kentucky, Estados Unidos, que contenían tónico de quinina contra la malaria.
¿Y qué significa eso?
Que a finales del siglo XIX, Quintana Roo enfrentaba fuertes brotes de paludismo.
Una simple botella confirma rutas comerciales, crisis sanitarias y contexto social de la época.
También encontraron monedas acuñadas entre 1920 y 1990, que muestran cómo México pasó del uso predominante de oro y plata a metales industriales tras la Revolución.
Cada fragmento, cada objeto, cada pedazo oxidado ayuda a reconstruir cómo vivían, qué compraban, qué enfermaba y cómo sobrevivían las personas hace más de 100 años.
En arqueología, no existe lo irrelevante.
Todo tiene contexto.
El Tren Maya no solo está cambiando el presente.
También está ayudando a entender el pasado.
